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Norberto Ceresole

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Norberto Ceresole

1943 - 2003

Instituto de Formación y Capacitación Política "GRAL. JUAN DOMINGO PERON"

Norberto Rafael Ceresole nació en Buenos Aires en 1943. Sociólogo y politicólogo, fue especialista en Geopolitica, autor de 30 libros sobre temas politicos y estratégicos. Participó en la Revolución Peruana del Gral. Velazco Alvarado en 1968 y fue en Madrid interlocutor de Gral. Perón. Posteriormente fue miembro de la Academia de Ciencias de la URSS. Durante dos decadas desarrolló importante contactos en la Habana, Cuba. Tuvo relaciones fluidas con numerosos Gobiernos árabes y musulmanes. En Venezuela colaboró con el Comandante Hugo Chavez Frías. Falleció en el año 2003 en Buenos Aires, Argentina.


Algunos de sus libros son:

Ejército y Politica Nacionalista;
Peronismo: Teoria e Historia del Socialismo Nacional;
Los Origenes de la revolución Peruana;
Geopolitica de Liberación;
Subversión, Contrasubversión y Disolución del Poder;
La conquista del imperio Americano;
Ejércitos, Caudillo, Pueblo;
La Falsificación de la Realidad.

Texto extraído del
Capítulo 2. Guerra y sociedad (ejércitos y pueblo) Argentina, 1982
de la obra
"Caracas, Buenos Aires, Jerusalén. Ejércitos + Caudillo + Pueblo",
de diciembre de 1999



Historias de la Patria e historias de la Prepatria

Sólo en el mito reposa el criterio de si un pueblo o un grupo social tienen una misión histórica o se ha llegado al ocaso de su tiempo histórico. Desde la profundidad de los instintos vitales reales, no del razonamiento ni desde la consideración de oportunidad, surge el gran entusiasmo, la gran decisión moral y el gran mito. En una intuición directa, la masa entusiasmada crea la imagen mítica que empuja su energía hacia adelante, concediéndole tanto la fuerza para el martirio como el valor para utilizar la violencia. Sólo así un pueblo o una clase se convierten en el motor de la historia mundial. Donde esto falta, ningún poder social ni político puede mantenerse, y ningún aparato mecánico puede levantar una barrera cuando se desencadena una nueva corriente histórica...

Carl Schmitt, comentarios sobre Sorel, en Sobre el Parlamentarismo

El culto a la «guerra de la independencia», o el pasado como construcción política

Los hoy llamados símbolos nacionales, el «culto a la independencia», son creados en la Argentina como elementos de sustentación política de los liberales porteños, para legitimar su poder, hacia mediados del siglo XIX, inmediatamente después de terminadas las guerras civiles, que en esencia fueron guerras de ricos (republicanos globalizantes) contra pobres (gauchos organizados en «sindicatos» llamados montoneras), «monárquicos» (o proteccionistas). La iconografía patriótica, desde el general San Martín, fueron todas creaciones no sólo orientadas a consolidar el poder político de los agrocomerciantes porteños. Esas creaciones tuvieron por objeto principal definir el espacio de la historia nacional: un espacio cierta y objetivamente ligado a una Inglaterra posnapoleónica indócil a las Restauraciones antinacionalistas impulsadas por la Santa Alianza; es decir, por la Europa Continental.

La historiografía liberal-republicana define con mucha precisión y acierto las dimensiones reales del espacio histórico dentro del cual de desenvuelve la historia de esa neonación bautizada Argentina. El mapa de ese espacio era el mapa de una «comunidad de naciones» británicas simplemente ampliado. Como «colonias blancas» fueron definidos tres espacios básicos del imperio británico: Canadá, Australia (y Nueva Zelanda) y Argentina. El liberalismo histórico, políticamente triunfante, gana la batalla porque el espacio que él define, y los iconos que ornamentan y vitalizan a ese espacio, nunca fueron esencialmente cuestionados por ninguna corriente de pensamiento hasta ahora en la Argentina. Si la Argentina nace en 1810 no lo hace sólo para servir a la Gran Bretaña, sino para proyectarse hacia el futuro como parte de la Comunidad Atlántica de naciones. Esa es la relación precisa que existe, en nuestro caso, entre periodización histórica y espacio histórico.

Es por la ausencia de este cuestionamiento que hemos presenciado, durante los años 60 y 70 del siglo XX, el absurdo de pretender estructurar una idea de «liberación nacional» dentro de la misma periodización histórica señalada por la propia historiografía oligárquica. En un momento aceptamos el sanmartinianismo, o el rosismo, o el montonerismo de los espacios interiores como ideologías no sólo alternativas sino además antagónicas al diseño liberal. Lo que resultó ser un absurdo por naturaleza, y el antecedente de un fracaso político inexorable.

En última instancia, lo que no habíamos advertido hasta ese momento es que no estábamos discutiendo sobre un pasado histórico, porque en verdad no teníamos pasado histórico. Sólo teníamos elementos de una protohistoria. La Argentina de hoy no tuvo pasado histórico hasta el nacimiento del peronismo, hasta el momento en que se fundieron los dos grandes elementos demográficos (el inmigrante y el nativo), constitutivos básicos de la Argentina contemporánea. Ese proceso culmina recién hacia fines de la II Guerra Mundial. Allí comienza la etapa que podríamos llamar de «introducción a la patria» (1945/1955).

La iconografía desarrollada por el liberalismo no tenía suficiente espacio como para albergar a los nuevos contingentes demográficos. Y el modelo «nacionalista» se constituyó como cultura de exclusión de lo no criollo en general: es decir, de más de la mitad del total de la población de este país. Así vista, a través de los grandes procesos inmigratorios/migratorios que transformaron al espacio cultural nacional, la suma de iconografías liberales y restauradoras carecían del elemento esencial: de valor mitológico. Ya no movilizaban hacia adelante y no producían reconocimientos hacia atrás.

Si la historia no actúa de espejo de uno mismo cuando se mira hacia atrás, sus contenidos no pueden nunca trascender hacia el futuro. Al promediar los años 50 del siglo XX, eran muy pocos los argentinos que se veían a sí mismos cuando miraban hacia atrás a través de cualquier historia escrita. Los que sí se veían a sí mismos en casi todas las historias escritas eran los que luego retomaron el poder por las armas, utilizando el golpe de Estado como método a todo el espectro legalizado por la historiografía «fundacional», desde cierto «nacionalismo» hasta al comunismo, y pivotando sobre un cuerpo de oficiales militares de formación predominantemente liberal. La iconografía les había servido, otra vez, como forma para conservar el poder.

Si aceptamos que la nación argentina nace en 1810, estamos aceptando que lo hace dentro de un espacio histórico inmodificable que inevitablemente la vincula con la política marítima anglonorteamericana. Luego, a partir de allí, todas serán cuestiones de detalle. Pero lo esencial quedará inmodificado.

En rigor de verdad, el espacio liberal, dentro de la periodicidad temporal y nacional que propone, es correcto en forma y en contenido. Es tan exacto y preciso que logra conformar una determinada idea de nación que aún, fantasmalmente, perdura. El de nuestra prehistoria fue un espacio de convivencia cultural entre un liberalismo que deviene católico y conservador, y un «nacionalismo» que nace reaccionario y católico. Todos o casi todos amparados por una Iglesia Romana que nunca o casi nunca jugó a favor de la Argentina. Aquí llegó un Papa polaco y antisoviético (¿antiruso?) exigiendo la rendición de Buenos Aires porque el combate entre católicos y protestantes en el Atlántico Sur alteraba la estrategia global exclusivamente orientada a la destrucción del «imperio del mal». Esta escenografía es una imagen que siempre debe recordarnos que espacio histórico, iconografía y periodización, constituyen un conjunto de factores que no se pueden disociar entre sí.

Con tal prehistoria a cuestas es perfectamente lógico que la llamada izquierda, el tercero en discordias, no haya sido nunca otra cosa que un elemento provocativo ligado sobre todo al patriciado oligárquico y a una forma proletarizada de globalización mesiánica: juega un rol en la crisis para terminar sirviendo a la devastación democrática. También ella siempre sostuvo que el año cero es 1810. Porque el marxismo y el marxismo soviético deben ser considerados como un subproducto del positivismo (pragmatismo) inglés.

Una Argentina que nace nacionalmente en 1810 no puede fracturar su destino de ser un espacio histórico determinado, porque ese espacio es quien determina al tiempo. Y todo tiempo tiene su hora cero. Entonces, con esa hora de nacimiento, ese espacio es, por definición, un suburbio. Y sus «héroes nacionales», al ser lo más representativo de un espacio así periodizado, no pueden ser sino actores secundarios y subsidiarios de la historia central, es decir, de la historia europea. «Agentes» del mundo central fueron y son también los que transformaron en iconos a los viejos actores secundarios. «Agentes» fueron los racionalizadores de una cierta idea de progreso, dirigencias ejecutoras de la derrota nacional y de la devastación democrática. Agentes y operadores de un proyecto dependiente.

Los principales operadores en la periferia de un proyecto hegemónico, el británico, se transforman así en padres de una patria periférica, siempre que nos mantengamos, claro está, en ese espacio y en esa periodización temporal que nos propone, en su conjunto, la historiografía liberal.

Aquellos viejos actores secundarios del mundo central que se trasladan a los grandes escenarios de la América del Sur representaban un proyecto nacionalista y a la vez progresista, en términos del XIX europeo. Sin embargo la diferencia entre los actores del XIX y la vasta gama de agentes del XX es esencial y debe ser fuerte y permanentemente señalada. Los primeros impulsaron un proyecto nacionalista con la globalidad como marco exterior, los segundos se adscriben automáticamente a la globalidad no como marco exterior, sino como reemplazo de una vida nacional, interior, diferenciada.

Los actores que luego fueron convertidos en padres de la patria por una o dos generaciones posteriores que buscaban consolidar su propio poder sectorial, nacen entonces de esa compleja confluencia de factores: luchas nacionales europeas, ideologías subversivas racio/nacionalistas, restauraciones religiosas antinacionalistas y antirracionalistas, pero sobre todo del rápido alejamiento de Londres respecto del Continente, ámbito natural de la Restauración.

Estamos hablando de la patria en tiempos y espacios liberales y europeos a partir del Congreso de Viena. En toda Europa, desde San Petersburgo hasta Lisboa, pasando por los Balcanes, los racional/nacionalistas civiles y militares, pero especialmente estos últimos, buscaban con desesperación las líneas de fractura de la arquitectura Restauradora. Sólo el Reino Unido se constituye en refugio seguro para los racional/nacionalistas exiliados y los revolucionarios en fuga. Londres se aparta rápidamente y de manera decisiva de la política marcada por la Santa Alianza.

«En la mayoría de los países de Europa (continental) en los que se había restaurado la monarquía, las ideas del nacionalismo revolucionario sólo podían subsistir en la clandestinidad; otras partes del mundo ofrecían, en cambio, oportunidades apasionantes a quienes creían ciegamente en la libertad nacional y el progreso de la humanidad. América del Sur se convirtió en su imán extraeuropeo, en el objetivo de sus intereses transnacionales» (Geoffrey Best, War and Society in Revolutionary Europe, 1770/1870).

Londres se aparta de la política de la Santa Alianza porque ya tenía en marcha el primer proyecto de globalización que produce la historia de la humanidad. En 1804 William Pitt el Joven (1759/1806), Ministro de la Corte, con el eficaz asesoramiento del ex teniente coronel español don Francisco Miranda, Mariscal póstumo de la Venezuela republicana, y mentor de casi todos los «libertadores» del continente, trazó un plan bien concreto para consumar la conquista británica de la América del Sur. Se debía ocupar Buenos Aires, crear un ejército de nativos con conductores ingleses, traspasar la Cordillera de los Andes, arrebatar Chile a los españoles y desde allí, por mar, proceder a la conquista del Perú. Al mismo tiempo se debía ocupar Venezuela con un ejército formado de igual manera, es decir, nativos conducidos por ingleses, abatir a los españoles y marchar hacia el Perú donde debían reunirse con el ejército de Buenos Aires.

El proyecto original fracasó, al ser derrotadas, en Buenos Aires, las fuerzas británicas de intervención. En cambio, su Ersatz (sustituto) tuvo pleno éxito. Fueron aquellos racional/nacionalistas revolucionarios europeos, marginados y perseguidos por la Restauración continental, los encargados de dirigir las operaciones militares, que tendrían por objeto generar el más amplio espacio económico hasta ese momento conocido: la América Meridional bajo el control de Londres. Y todo ello con la extraordinaria perspectiva que daba el «magnífico aislamiento» de la insularidad británica.

John Lynch relaciona positivamente, y con toda razón, a San Martín con Canning: «Soldado y gobernante, cada uno jugó un papel principal en grandes acontecimientos; San Martín como el Libertador que encabezó la revolución hispanoamericana, más allá de la Argentina (es decir, tal como lo había diseñado ese gran imperialista que fue Pitt el Joven y su eficaz colaborador nativo Francisco Miranda) hacia Chile y Perú (hacia el Pacífico español ambicionado por Londres); Canning como el ministro que influyó sobre el gobierno británico para que reconozca a los nuevos Estados y para que proteja sus independencias. Cuando en 1812 San Martín partió de Europa, ya un veterano de la guerra de liberación española, había mantenido contactos previos con Gran Bretaña. En Londres hizo amigos, discutió estrategias, amplió sus ideas políticas y se reunió con otros patriotas.»

A bordo de una fragata paradójicamente llamada «George Canning», llega al Río de la Plata ese antiguo oficial español, el teniente coronel José de San Martín que, al igual que tantos otros, había comenzado su separación del ejército regular peninsular, de pobre actuación en las luchas contra Francia, a partir de la Batalla de Bailén. Constitucionalista convencido (Cortes de Cádiz) toma contacto con otros españoles exiliados en Gibraltar. Por esa vía, y muy rápidamente, desembarca en el «fin del mundo», en un lugar que él desconocía y donde casi nadie lo conocía: en el Río de la Plata. A partir de allí el Plan de Pitt se cumple con casi matemática precisión. Según la historiografía liberal, estaba naciendo una entidad geo/política que se llamaría Argentina.

La victoria militar de las fuerzas republicanas contra la potencia Restauradora de una España (ya corroída y debilitada hasta los tuétanos por los complots masónicos) y los Estados más o menos asociados de la Santa Alianza, genera un espacio histórico al que se le adjudica la entidad de nación. Nacen (el nacer de las naciones suena obviamente a redundancia) se dice distintas naciones republicanas en las viejas provincias españolas. No ocurre lo mismo con la América Atlántico/portuguesa, pero ésta es otra cuestión.

El resultado final real de la «guerra de la independencia» fue el establecimiento de una «relación especial» entre Buenos Aires y Londres. El general San Martín, naturalmente, y al decir de Lynch, manifestó desde un comienzo su compromiso por el libre comercio y con la hegemonía británica sobre él. «Abogó por la presencia naval británica en el Pacífico para contrarrestar a los españoles; confió en la neutralidad británica y en su influencia para prevenir la intervención europea. Imaginaba, luego de obtener la victoria, una relación especial con Gran Bretaña... Lo que quería, por encima de todo, era el apoyo moral británico y su influencia benevolente... La barrera contra la intervención europea fue el poder naval británico. Eso era lo que San Martín quería de la política británica, y eso fue lo que obtuvo. Y fue George Canning quien logró impulsar esa política en el Reino Unido».

Lynch cita una célebre y certera frase de Canning: «Hice existir al Nuevo Mundo para restablecer el equilibrio del Viejo». Dentro de este equilibrio global de poder nace la Argentina atlántica, la Argentina británica. No es casual que hoy San Martín sea recordado, en Londres, por un Comité de Honor donde predominan las figuras del establishment aristocrático, como el duque de Edimburgo, y financiero, donde no podían faltar los apellidos judíos ligados a todo el proceso «independentista» americano, como los banqueros Peter Baring y Evelyn de Rothschild.

La victoria militar de las revoluciones republicanas tienen como magno escenario geográfico la Cuenca Surmeridional del Pacífico. De los únicos dos segmentos atlánticos existentes bajo dominio español, uno estaba militarmente cuestionado (el Caribe incluyendo la costa Este venezolana) y el otro era geográficamente marginal y logísticamente inalcanzable (el Atlántico Sur). No debe llamarnos la atención que la inteligencia británica dirija su interés, en un comienzo, a esos dos segmentos atlánticos: por distintos motivos (potencial naval inglés en uno y extremas distancias en otro) ninguno de los dos era controlable por la flota continental. Además, desde el Pacífico Norte hasta la California central se extendía la zona de influencia rusa, el gendarme militar de la Alianza Continental Restauradora. Por única vez, y por muy breves años, España y Rusia, dos miembros vitales de la Alianza, fueron Estados fronterizos sobre la franja costera de California.

Si de verdad son naciones los espacios que nacen en ese escenario geográfico, de alguna manera el futuro estaría ya cerrado. Todo lo que quedaría por hacer sería desarrollar, en el tiempo, el proyecto original (fundacional). Que es lo que hacen, utilizando diferentes métodos, las fuerzas del establishment, en otras épocas llamadas patricias.

Las familias patricias, siguiendo el clásico modelo griego tan al gusto del siglo XIX, serían las parteras de la patria (otra redundancia). Además son los patricios los que se apoderan de los medios de producción es decir, de la riqueza de la época: la tierra. Las jerarquías dentro del patriciado comienzan a estratificarse en función de la cantidad de tierras acumuladas.

Así tenemos una «nación» gobernada por patricios, dentro de un determinado espacio histórico/geográfico, con una certeza absoluta sobre su «hora cero» y con una iconografía también fija y jerarquizada, como sucede con todos los universos mitológicos hors du temps.

El problema con que tropieza este modelo es que, a medida que se avanza en el tiempo, son cada vez más los habitantes de ese espacio nacional así definido los que no se reconocen en el espejo de esa historia así elaborada.

Primero fue la gran masa inmigrante, que adopta mecánicamente esa historia pero sin entenderla en absoluto. Luego los migrantes del espacio interior: quienes, por una cuestión de memoria, simpatizaban mucho más con el recuerdo de los viejos caudillos provinciales que con los próceres instalados en la galería nacional/liberal.

En los años setenta del siglo XX eclosionan, entre otros, los problemas de la vieja historia. Ningún esquema ideo/historiográfico explicaba satisfactoriamente lo que estaba aconteciendo. La iconografía se derrumbaba y se podían ver sus esqueletos. Nadie era todo lo que de él se decía que era, pero tampoco salvo excepciones eran exactamente lo contrario. Se estructura una nueva voluntad de independencia que no cabía en ninguna de las estrechas interpretaciones anteriores. José de San Martín, un soldado valiente, honorable y profundo conocedor de su oficio, pero que antes que nada vibraba políticamente por los grandes acontecimientos europeos, había sido transformado en un icono que ya no se podía sostener como «padre de la patria».

Esta situación cobra significado especialmente después de la batalla del Atlántico Sur (1982), que fue, hablando en términos estratégicos, exactamente lo inverso respecto de la «guerra de la independencia». La de la «independencia» fue una guerra realizada en alianza con el Mundo Marítimo; la del Atlántico Sur es una primera batalla de la periferia contra el Mundo Marítimo.

El mito fundador

Habría que resucitar al héroe...

Sí, pero ¿cómo?

Yo, en tu lugar, buscaría en el pueblo la vieja sustancia del héroe. Muchacho, el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria.

Leopoldo Marechal, Megafón, o la guerra.

En los pueblos antiguos la mitología está en la misma raíz de su conformación. Inversamente, la debilidad original de los «pueblos jóvenes», (por definición, sin historia) se localiza en la inexistencia, durante un primer largo ciclo histórico (prehistoria), de mitos fundadores. Ninguna política potenciadora del cuerpo social/nacional puede diseñarse y realizarse fuera de los límites de un mito fundador.

Un mito urbano, industrial y de confluencia migratoria/inmigratoria

En este mito confluye la asimilación del «gringo» con la tierra, y la asimilación del «gringo» con los «argentinos viejos»: así nace ese país nuevo que había sido llamado Argentina. «Los trajimos -a los gringos- para que trabajasen las tierras y levantaran las industrias», se quejaba el Gran Oligarca, y al final «sus hijos alzaron banderas revolucionarias» (Leopoldo Marechal, Megafón o la guerra). «Los vi sudar al sol, mojarse bajo los diluvios, llorar sus desgajamientos y cantar sus posibles resurrecciones. Los vi en la rotura de sus idiomas y en patético sainete de sus adaptaciones» (Marechal).

Ese mito no podía surgir sino a partir del peronismo, la gran obra de fusión social y de asimilación y potenciación nacional, el gran diseño industrializador, la primera experiencia científico/técnica; en suma, el ensayo general ineludible para construir definitivamente un pueblo/nación/estado. En suma, un período que hemos denominado: Introducción a la Patria.

Megafón es el héroe máximo de la obra de Leopoldo Marechal, el más grande, tal vez el único poeta del peronismo y del posperonismo; Megafón es el mito que surge de la derrota del peronismo. El expresa la voluntad de luchar contra la maldad intrínseca de un régimen oligárquico, antinacional y antipopular. El nos introduce en la Historia.

Con anterioridad a Megafón un número importante de personajes hispano/gringo/criollos desfila por la obra literaria de Marechal. Ninguno de ellos logra constituir un mito, sino que son piezas constituyentes de su Gestalt final. Megafón es el compendio de todos ellos. Es el producto final de una Argentina que nace con la derrota del peronismo.

Megafón es un mito fundador porque unifica lo nacional con lo popular. Es decir, es un mito que surge no podía ser de otra forma de una derrota. Pero de la primera derrota asumida. Las luchas populares, a partir de 1955, comienzan a asentarse en una historia nacional, en una acumulación histórica. Es un mito fundador, porque es el primer personaje heroico en la historia de la cultura argentina: muere en su intento por rescatar la dignidad de la Patria. Es un mito fundador porque no muere del todo: nunca fueron encontrados sus testículos, lo que anuncia nuevos mitos heroicos. Mujeres y hombres de carne y hueso que lo corporizarán. Apenas muerto Megafón varios grupos salieron a estudiar su doctrina y su praxis. «Se trataría de encontrar el miembro viril de Megafón... A esa búsqueda o encuesta del falo perdido serían invitadas las nuevas y tormentosas generaciones que hoy se resisten a este mundo» (Marechal).

La valentía y el sacrificio de Megafón nada tienen que ver con el desprecio por la vida del cuchillero borgiano. Megafón es lo que más se asemeja a los grandes héroes de la mitología griega y alemana. Megafón era aquello de lo que carecía la cultura argentina para asumir un rol protagónico, primero en la fundamentación de la resistencia, luego, en la realización de la victoria.

Asimismo, Megafón es la negación del mito nostálgico, gardeliano y/o discepoliano, que es la otra cara del heroísmo, pero que afectó y determinó durante décadas de dependencia las actitudes colectivas de una Argentina que hay que enterrar definitivamente. Megafón es la única fundamentación poética posible de una política de recuperación nacional.

El punto de partida para ingresar en la Historia es la revalorización de un mito heroico, nacional y popular, que en nuestro caso se llama Megafón. Ese mito nos habla de una pelea contra el sistema que es posible ganar. Es un mito heroico que murió pero dejó un legado. A partir de él las nuevas generaciones podrán seguir combatiendo.

A través de Megafón podemos entender con claridad a los dos prototipos básicos de los forjadores de la Historia: el militante heroico y el soldado con vocación nacional. El ingreso en la Historia a través de la Guerra Necesaria.

Prevista la «necesidad» de la guerra dijo Megafón, yo necesitaba saber si nuestro pueblo «merece» una guerra.

¿Cómo si la merece?

La guerra me advirtió él no es un deporte más o menos violento ni un sudor ácido en las axilas. Entrar en una guerra es entrar en la Historia.

¿Y nosotros la merecemos?

Nuestro pueblo merece una guerra...

Pensé que si mi guerra era necesaria y merecida, faltaba demostrar que también era posible.

¿Y su guerra es posible?

Vea me respondió yo vengo de tan «bajo» y salí a la superficie a través de tantas capas duras como el cemento, que hoy, sólo al recordarlo, me duelen todos los huesos del alma. Atravesé todos los infiernos de la Patria y rocé todos sus paraísos. Y en todos ellos, con ellos o contra ellos, oí resonar los tambores de la guerra posible.

Leopoldo Marechal, Megafón, o la guerra, 1970.

Disponer de un «mito» es darle sentido unitario a nuestra existencia como pueblo y como nación, convirtiendo en «significantes» todos los pequeños trabajos, las alegrías y las tragedias cotidianas acumuladas durante un determinado ciclo por la historia de la «tribu». El «mito» contemporáneo ordena los elementos dispersos de una misma historia: le da a un pueblo instinto de supervivencia. Le da sentido a su existencia y sobre todo a sus luchas. Esas naciones vuelven a despertar capaces de comprender cuál es su verdadero lugar en el universo.

Megafón, devolvemos a la tierra natal
aquello que te dio, sólo barro de un día.
¡No tu alma que fue la bandera de Marte
y la lanza de Marte que a la vez hiere y cura!
Nos hubiera gustado que sonaran clarines
en tu honor, y tronaran piezas de artillería,
o que trotara solo, detrás de tu ataúd,
el caballo de guerra que no tuviste nunca.
¡Ciudad impenitente que sabes adular
tan sólo al que te goza o al que vendió tus pechos,
y odias al que te sufre porque te quiere digna!
¡Ciudad que recompensas a tus héroes quemados
sólo con el destierro, el olvido y la muerte!
Aquí está Megafón: sepultado en tu tierra,
será el germen que anime las futuras batallas.